David Setién, concejal popular en Ruesga, ha declarado como detenido ante la Guardia Civil después de que Pedro Casares denunciara haber recibido una bofetada durante una feria ganadera. El episodio reabre el debate sobre la responsabilidad de los partidos políticos ante la agresividad verbal y física y la necesidad de preservar una sociedad basada en el diálogo y el respeto.
La Guardia Civil ha tomado declaración en calidad de detenido a David Setién, concejal del Partido Popular en Ruesga (Cantabria), después de que el delegado del Gobierno en la comunidad y secretario general del PSOE cántabro, Pedro Casares, denunciara una presunta agresión física y verbal durante la feria ganadera de Arredondo, celebrada el pasado domingo 1 de noviembre.
El edil prestó declaración el miércoles 4 de noviembre y quedó posteriormente en libertad. La investigación continúa para determinar las circunstancias de lo sucedido.
Una discusión sobre la gestión del lobo que terminó ante la Guardia Civil
Según la denuncia presentada por Pedro Casares, David Setién se aproximó al delegado del Gobierno durante su visita oficial a la feria ganadera para recriminarle las políticas socialistas relativas a la protección del lobo.
Casares sostiene que el concejal comenzó a increparle verbalmente y que, en el transcurso del enfrentamiento, le propinó una bofetada que motivó la intervención de uno de sus escoltas.
El concejal ha negado haber cometido la agresión. Existen, por tanto, versiones contrapuestas que deberán esclarecer las autoridades competentes.
El Partido Popular, ante la responsabilidad de actuar
El incidente plantea una cuestión que trasciende la actuación individual de un representante público: la responsabilidad de las organizaciones políticas a la hora de prevenir, investigar y sancionar comportamientos incompatibles con el respeto democrático.
Alberto Núñez Feijóo ha anunciado una investigación interna para esclarecer los hechos, mientras la dirección del PP de Cantabria ha cuestionado la versión ofrecida por Casares.
La apertura de un procedimiento interno constituye un primer paso, pero resulta fundamental que sus conclusiones sean transparentes, estén fundamentadas y conduzcan a medidas proporcionadas si se acreditan responsabilidades.
Los partidos políticos disponen de mecanismos disciplinarios para actuar ante conductas graves de sus representantes. Su utilización no debe depender de la repercusión mediática de un incidente ni de la identidad política de las personas implicadas.
El Partido Popular debe actuar con firmeza si se confirman los hechos, pero también debe mantener una vigilancia permanente sobre otros episodios de agresividad verbal, intimidación o enfrentamiento físico protagonizados por sus representantes. Esa misma exigencia corresponde a todas las formaciones políticas.
La agresividad verbal y física no debe normalizarse en nuestra sociedad
La democracia se fundamenta en el diálogo, el respeto institucional y la posibilidad de defender posiciones profundamente diferentes sin recurrir a la intimidación.
La confrontación política forma parte de una sociedad plural. La crítica, incluso la más contundente, constituye una expresión legítima de la libertad democrática. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre cuestionar las decisiones de un adversario y convertir el desacuerdo en insultos, amenazas o agresiones.
Si se confirma la agresión denunciada, estaríamos ante un comportamiento vergonzoso e incompatible con las responsabilidades de un representante público.
La misma exigencia debe extenderse a los episodios de violencia verbal, hostigamiento e intimidación que puedan producirse en cualquier formación política. La responsabilidad institucional consiste precisamente en impedir que estas conductas se conviertan en herramientas habituales de confrontación.
No se trata únicamente de determinar las consecuencias legales de un episodio concreto. También resulta necesario defender unos estándares de comportamiento que permitan preservar la convivencia democrática.
Una sociedad de diálogo exige ejemplaridad a sus representantes
España es una sociedad democrática en la que las diferencias políticas, sociales y territoriales deben resolverse mediante el debate y el funcionamiento de las instituciones.
Los representantes públicos tienen una responsabilidad añadida porque sus comportamientos contribuyen a configurar los límites de lo que la ciudadanía considera aceptable.
Cuando el enfrentamiento personal sustituye a la argumentación, se deteriora la calidad del debate y se debilita el respeto que merecen las instituciones.
Pero esta reflexión no debe limitarse al ámbito político. La convivencia exige respeto también en las relaciones profesionales, familiares, vecinales y sociales. La discrepancia es inevitable y enriquecedora; perder el control, recurrir al insulto o intentar imponerse mediante la fuerza nunca debería considerarse una respuesta aceptable.
Especialmente en espacios públicos, donde nuestras actuaciones pueden convertirse en ejemplo para otras personas, resulta imprescindible mantener la serenidad y comprender que nadie adquiere más razón por levantar la voz.
Una sociedad madura no es aquella en la que todos piensan igual, sino aquella en la que sus ciudadanos son capaces de discrepar profundamente sin perder el respeto.
La ejemplaridad comienza por saber discrepar
Los cargos públicos deben representar algo más que unas siglas políticas. Deben ofrecer un ejemplo de convivencia, responsabilidad y respeto hacia quienes defienden posiciones diferentes.
La firmeza en las convicciones no está reñida con la educación. La defensa apasionada de una idea tampoco exige convertir al adversario en enemigo.
En el caso de David Setién, corresponde a la investigación determinar si se produjo la agresión denunciada. Entretanto, el Partido Popular deberá resolver su procedimiento interno respetando las garantías del concejal y la gravedad de los hechos denunciados.
Este episodio debería servir para recordar una exigencia elemental que afecta a toda nuestra sociedad: defender nuestras ideas con determinación, escuchar las de los demás con respeto y comprender que ninguna diferencia política, profesional o personal justifica perder las formas.
La violencia no puede sustituir al diálogo. La discrepancia no puede convertirse en hostilidad. Y la ejemplaridad no debería ser una excepción, sino una obligación de quienes asumen responsabilidades públicas.
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